[OPINIÓN] SI NO ES COMPLEJA, NO ES UNIVERSIDAD


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Lee la columna en La Tercera de Luis Loyola, vicepresidente del Consorcio de Universidades Estatales de Chile  (Cuech) y rector U. de Antofagasta, en la que responde a la pregunta:
¿Es la investigación una condición necesaria para que exista una universidad?.


Las universidades docentes, es decir, aquellas instituciones que sólo forman profesionales, constituyen un fenómeno propio del capitalismo académico. En Chile se habla de capitalismo académico para referirse a aquellas universidades que siguen lógicas de mercado para su desarrollo. En nuestro país fue con la reforma de la Educación Superior de 1981 que se creó esta nueva realidad.

Uno de los principales problemas de este sistema radica en la instalación de una ‘universidad mínima’, sólo docente, invención del Estado subsidiario chileno, defensor de la ‘libertad de enseñanza’ mal entendida como libertad de comercio.

Con esta nueva institucionalidad, basada sólo en la docencia y desregulada en calidad, se fomentó el lucro, incluso estando éste  prohibido por ley, llegando al extremo actual: con universidades privadas siendo investigadas por lucro que continúan haciendo clases como si nada pasara y con una universidad cerrada con consecuencias desastrosas para toda su comunidad.

Es evidente que el afán de lucro de algunos empresarios de la educación superior simplifica y banaliza  la idea misma universidad, transformándola en una mera ‘fábrica de trabajadores calificados’ a través de la cual es posible lucrar por medio de sociedades relacionadas.

Hay que señalar que históricamente la universidad nunca ha sido sólo de docencia, sino que desde su definición más antigua, universidad ha sido investigación, extensión y creación cultural, según el modelo humboldtiano, al cual adscriben todas las universidades chilenas tradicionales.

La universidad docente no reinvierte sus excedentes en laboratorios, en la contratación de académicos de planta, en extensión o investigación y desarrollo; algunas incluso han restringido al mínimo la inversión en sus bibliotecas. Las universidades docentes aspiran a los niveles más básicos de acreditación institucional y a crecer con carreras preferentemente de tiza y pizarrón.

Hay que decir que no todas las universidades privadas post-1981 lucran o son universidades docentes,  por ello es que también hoy se habla de universidades complejas, las cuales se distinguen por generar bienes públicos fundamentales para las economías del conocimiento, como el capital humano avanzado.

Nuestra discusión sobre la Ley de Educación Superior tiene que partir por un reencuentro con la misión que queramos otorgarles a nuestras universidades. Estas deben tener investigación y docencia, si no es compleja no es universidad. No hay tal cosa como una universidad docente que sólo imparte clases de pregrado, sin investigación ni vinculación con el medio, eso puede llamarse instituto, escuela, CFT, pero no universidad.

Sin menospreciar en ningún sentido lo que es un instituto profesional o tecnológico, que dentro de sus temáticas también debería tener investigación aplicada como exitosamente se realiza en instituciones internacionales.

La idea de que exista investigación y docencia, es porque cada universidad -en el libre ejercicio de generación del conocimiento y la realización del saber- tiene como concepción inicial, difundir dicho conocimiento. Asumir la existencia de universidades docentes es quitarle parte del alma de lo que es una universidad en su constitución inicial; generar conocimiento (investigar) y difundirlo (enseñar).

La gran tarea hoy día es pasar de la tarea extractiva a la economía basada en el conocimiento y eso lo tienen que hacer las universidades, principalmente las estatales, quienes entregan garantía y autonomía que sus resultados no tienen implicancias económicas o favorecer alguna parte interesada al encontrar la verdad.

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